Mbeguemi Online presenta: Un cuento de barro, coronas y camineros de oro

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Había una vez, en un reino llamado San Lorenzo, un lugar donde las calles parecen campos minados de baches, basurales en los costados a los que se les llama cateuraí, pero pese a todo, los vecinos soñaban con algo tan extraordinario que parecía sacado de los cuentos: que sus representantes se acercaran al pueblo incluso despues de terminado las campañas electorales.

En ese trono criollo ubicado en el castillo del edificio de vidrio y específicamente en el tercer cielo municipal, mandan dos de entre los representantes del pueblo, quienes están acomodados en sus sillones de cuerina y financiados —cómo no— con la plata de los contribuyentes del reino que trabajan todos los días.

Ambos, en plena época de caza de votos, eran unos campeones de la caminata. Con la sonrisa plástica y calzados para la foto, se metían hasta en el barro, entraban a los barrios, pisaban hasta cloacas y abrazaban a doña ciudadana y a don juan pueblo. —¡Queridos vecinos! —gritaban a los cuatro vientos—. ¡Estamos acá para escuchar sus reclamos y sudar la gota gorda por ustedes! La gente, con más esperanza que memoria, les abría las puertas, les contaba sus penas y les regalaba el voto pensando que al fin iba a cambiar algo.

Pero se terminaron las elecciones… y se acabó la magia. A los jefes de los representantes del pueblo se les olvidó cómo se ensucian los zapatos.

Las calles siguen hechas pelota, los raudales te llevan la moto y las comisiones siguen esperando un milagro. Eso sí, los despachos con aire acondicionado resultaron ser demasiado cómodos para abandonarlos. Fue ahí cuando a Tilo se le ocurrió la gran genialidad: —¡Se abre la ventanilla «La Junta te escucha»! Vengan para escucharles y que sobre todo vuelvan a escuchar nuestras sabias palabras pero en la sala de nuestro reino!.

Lo anunciaron con bombos y platillos en Facebook, con fotitos de archivo y aplausos de los chupamedias de turno. Pero se olvidaron de avisar la letrita chica: Para que te escuchen, tenés que tomarte un colectivo (o pagar nafta), perder medio día de laburo y aguantar la cola en el palacete municipal.

Un experimentado vecino de algún barrio alejado del edificio de vidrio, que ya vio pasar más planilleros que inviernos, le tiró la posta a ambos jefes: —Su Señoría, ¿cómo es la mano? En campaña venían a tomar tereré a la vereda de mi casa, ¿y ahora soy yo el que tiene que peregrinar hasta su despacho? Tilo y su compañera doña Calandria se acomodaron el saco y tiraron: —Es que ahora implementamos la escucha institucional. —Ah —contestó el viejo—. ¿Y la caminata por los baches de mi barrio para cuándo? Silencio en la sala. Tilo y doña Calandria, ojeaba papeles como si buscara la cura contra el dengue, pero ningún reglamento explicaba semejante milagro.

El viejo se levantó y dejó la frase para el bronce: —Qué país generoso. Para pedir el voto te conocen hasta el número de cédula, pero para rendirte cuentas te mandan a mesa de entrada.

El misterio de los Camineros de Oro

Por si fuera poco el chiste de la atención al público, otra bomba sacudió la comarca. Tiempo atrás los muchachos del ejecutivo habían anunciado con bombos y platillos la obra de los famosos «Camineros de Oro»: un negociado, perdón, una inversión de cuatro mil millones de guaraníes (o más, por las dudas) para embellecer la ciudad.

En el reino saltaron las alarmas: —¡Al fin vamos a caminar como haters! —festejó un operador. —¿Y por dónde van a pasar esos camineros? —preguntó un vecino avispado. —¿Qué plazas van a tocar? —¿Dónde están los planos?

Los genios del edificio de vidrio revisaron los papeles, llamaron a los asesores y mandaron mensajes a los grupos de WhatsApp. Pero ni mandando a 10 pplanilleros encontraban la ubicación exacta de las obras.

Ahí apareció un vecino con calculadora en mano y sacó la cuenta del almacenero: —A ver… si metemos cuatro mil millones en 40 plazas, salen cien palos por plaza. No digo que nos roben en la cara, pero… ¿alguien podía mostrar el proyecto antes de poner un solo ladrillo? Un funcionario se hizo el desentendido, tosió y tiró una frase: —Su inquietud será derivada a la comisión correspondiente. —¿Y cuándo responden? —Y… cuando la burocracia quiera. —Bárbaro —suspiró el vecino—. Aparte de los camineros de oro, vamos a tener que comprar stock de paciencia.

La lluvia de títulos truchos

Para coronar el circo, empezaron a llover cartones dudosos sobre la municipalidad. Títulos universitarios que aparecen de la nada, con marcos dorados y firmas medio sospechosas que flotaban por las oficinas.

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Un vecino con dos dedos de frente tiró la pregunta del millón: —Che, ¿alguien se digna a verificar si los títulos de los capos que manejan la plata pública son legales o los compraron por MercadoLibre u ofrecidos en Marke Play del Facebook??

La consulta cayó como baldazo de agua fría en el palacio. Nadie pedía horca en la plaza pública, solamente pedir un poquito de filtro: —Porque tener un cuadrito colgado en la pared queda lindo, pero no te saca lo burro ni te da chapa para administrar la plata ajena.

La moraleja de Mbeguemi

Cayó la tardecita en San Lorenzo y Mbeguemi, con su latita de birra en mano y la bella Curuzú con cara de no creernos nada, miraron hacia el edificio de vidrio desde la vereda.

Tomaron nota y dejaron la picarona lectura: —Los muchachos aprendieron a gobernar por zoom y desde la comodidad de sus oficinas, los camineros salieron más caros que oro en polvo y los títulos resultaron más truchos que billete de tres mil guaraníes.

Pero hay algo que ninguna dieta ni sueldo de concejal puede comprar: la dignidad y la memoria del laburante. Porque el sanlorenzano ya no se traga el cuento del político bondadoso que te abraza en junio, julio, agosto, setiembre y parte de octubre para ignorarte en noviembre.

Si van a gastar cuatro mil millones en camineros, avisen por dónde van a pasar antes de romper todo. Y si la Junta dice que te escucha, que bajen un poco del pedestal.

Don Mbeguemi y Doña Curuzú cerraron la libreta y tiraron el siguiente remate: —En San Lorenzo, en época de elecciones te quieren más que a su propia madre. Cuando asumen, te piden turno, número de expediente y rezar tres rosarios para que te atiendan.

Fin… por ahora!