A sus 93 años, Secundino Pérez es uno de los últimos testigos vivos de una etapa clave de la historia de San Lorenzo y reclama que el legado del Tren Lechero y de su padre, Juan Bautista Pérez, sea preservado como patrimonio cultural.
Llegamos a la vivienda de don Secundino ubicado en el barrio Fátima de San Lorenzo, donde ya estaba preparado para la charla. Nacido el 7 de julio de 1932, con 93 años mantiene la mente lúcida: habla despacio, escucha y guarda silencios que dicen tanto como sus palabras. Es, según contó, el único hijo vivo de seis hermanos —dos mujeres y cuatro varones— de quien fuera maquinista del histórico Tren Lechero de San Lorenzo.

Desde el primer momento la visita fue más crónica que interrogatorio: no hubo largas confesiones ni sucesión de fechas, pero sí imágenes que pintan una época. Secundino recordó a su padre como un hombre muy popular en el pueblo, un hombre que iba a pie desde su casa (kilómetro 10 frente a la vía del tren) hasta la estación ubicada en el centro de San Lorenzo —“siempre con mi papá veníamos desde casa a pie al pueblo y toda la gente le saludaba con respeto” — y que al pasar recibía saludos cotidianos: “adiós don Pérez, mbaeichapa, mbaetekopa la ñande máquina oiko” (¿cómo anda el tren?).
La rutina, contó, era de madrugada: su padre se levantaba a las dos para ir hasta la estación para preparar la máquina; desde allí partían viajes que unían San Lorenzo con Asunción. Las noches de entonces eran tan oscuras que, según recuerda, los caminantes a veces chocaban en la vía con quienes iban al pueblo. Eran caminos y costumbres distintos: apodos, vendedores habituales y una cercanía casi familiar entre pasajeros y maquinista. “Ovechá hú” —evocó Secundino, en referencia a un vendedor de lotería— era uno de esos rostros que con el tiempo se volvió amigo del tren y sus viajeros.
Que la comunidad reconociera a los hijos del maquinista también marcó a la familia: “Ka hae cavichuí familia”, les decían —“estos son los hijos de don Pérez”—, y ese reconocimiento llenaba de orgullo a los chicos. La infancia en San Lorenzo, agregó, estaba hecha de juegos sencillos: balita, trompo y pandorga; sí, se peleaban de vez en cuando, “pero nunca se llegaba a lo peor, la amistad era lo más importante”.
El testimonio de Secundino alcanza un tono más dolorido cuando mira al presente. Hizo un llamado explícito a las autoridades y a quienes trabajan en cultura histórica: “los que conocían a mi padre ya murieron todos”, dijo, y por eso teme que el recuerdo y el legado de Juan Bautista se vayan quedando en el olvido. Su deseo es claro: que el nombre del primer maquinista del Tren Lechero figure en la memoria colectiva del pueblo, que se lo recuerde como el sanlorenzano respetado y querido que fue.
También habló del tejido social y las diferencias con otras ciudades. Comparó a San Lorenzo con Luque: allí, dijo, la gente y las autoridades custodian y sienten su cultura con fervor —música, oficios y el club que une a multitudes— mientras que en San Lorenzo, pese a su tamaño, esa pulsión cultural parece menor. No dejó de mencionar un punto a favor: la presencia de la UNA, que da a la ciudad su emblema de “Ciudad Universitaria”.
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Unirme ahoraEntre recuerdos más puntuales, Secundino recordó la solidaridad de su madre con prisioneros bolivianos que trabajaron en las principales rutas y calles de San Lorenzo: les acercaban comida y compañía en tiempos difíciles, un gesto que dijo marcarle el carácter a la comunidad.
Hoy, la voz de Secundino Pérez se convierte en un llamado al rescate patrimonial. No se trata solo de una historia familiar, sino de una pieza fundamental del pasado sanlorenzano. El Tren Lechero y quienes lo hicieron posible representan una época de trabajo, comunidad y respeto que merece ser reconocida, preservada y transmitida a las nuevas generaciones.
La nota no pretende ser una biografía exhaustiva —Secundino no dejó una cronología detallada— sino una placa de memoria en vida: un llamado para que la historia local no dependa únicamente de fechas sino de rostros que aún caminan nuestras calles. En la voz de este último hijo del maquinista hay, además de nostalgia, un encargo sencillo y urgente: que las nuevas generaciones sepan quién fue ese hombre cuyo silbato marcó el día a día del pueblo.




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