Hay cosas que si te cuentan en una ronda de terere con amigos, decís que es joda pura. Pero no, pasa en nuestro querido Paraguay.
Un muchacho que llegó sentado cómodamente al Senado, que presidió nada menos que el Jurado de Enjuiciamiento de Magistrados (sí, el órgano que decide quién sigue robando… perdón, juzgando jueces y fiscales), acaba de tragar una condena de ocho años por su famoso título mau de abogado. ¡Y ahora resulta que casi todo el mundo político nacional oficialista se atraganta con la noticia! y hasta dicen «¡Qué sorpresa, che, había sido nuestro amigo (ahora ex amigos) nos mintió!»
Años enteros hubo dudas, chismes en pasillos, publicaciones que saltaban como granos en la cara y debates encendidos sobre la legendaria carrera universitaria de Hernán Rivas. Pero mientras unos cuantos preguntaban, los mismos de siempre defendían, justificaban, metían la cabeza bajo la tierra o te miraban con cara de «acá no pasa nada».
Ahora que cayó la sentencia, aparecen las caras largas, los comunicados oficiales más limpios que calzoncillo nuevo, y algún que otro funcionario de alto rango llorando que él «no sabía ni la tabla del dos».
Los mismos que ayer le aplaudían hasta las pestañas hoy están buscando la puerta trasera para rajarse. Nadie vio nada. Nadie escuchó nada. Nadie sospechó que el tipo no sabía ni la prelación de leyes.

¿Y cómo pio pudo pasar esto?
Ahí está el chiste macabro. Porque no estamos hablando de un pyragüé de cuarta o de un hurrero que robó gallina; estamos hablando de cómo este artista del mamotreto llegó a ocupar cargos de alta alcurnia y mandar sobre la conducta de magistrados de toda la República.
Y es ahí donde el chiste se vuelve tragedia.
Porque si para llegar a manejar instituciones clave de la nación basta con presentar unos papeles «impresos en fotocopiadora de barrio» y que a ningún genio se le ocurra verificar si la universidad quedaba en Narnia o en el medio del mar, el problema no se soluciona mandando a Rivas a Tacumbú.
El verdadero bulto está en los irresponsables que tenían que controlar.
La propia jueza que presidió el circo… perdón, el tribunal, habló de un “alumno fantasma”: un tipo que aparecía en los papeles finales pero cuyo paso por las aulas dejó menos rastro que pisada en el agua.
Mientras tanto, el doctor Honoris Causa de la mentira llegó a tener voto decisivo en 54 resoluciones del JEM, según el chusmerío técnico publicado este domingo en un conocido diario de nivel nacional. En 28 de esos casos su voto fue la bisagra para inclinar la balanza, y en otros 26 metió la mano para salvarle el pellejo a algún amigo o frenar un juicio.
Entonces salta la pregunta del millón, ¿Quién controla a los sinvergüenzas que supuestamente tienen que controlar?
Porque claro, después de que salta el escandalete y explota la cloaca, todos se hacen los vírgenes del perpetuo socorro y sueltan la muletilla favorita: «Yo no sabía nada».
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Unirme ahoraEse sí que es el deporte nacional, campeón mundial indiscutible.
Primero se le aplaude en las plenarias. Después se le defiende a capa y espada en la tele. Más tarde se guarda un silencio cómplice mientras se reparte la torta. Y cuando salta la cagada definitiva y cae la condena… ¡salen los niños llorones de la República con cara de yo no fui!
El gran drama es que el país no avanza con el clásico «¡ay, yo no sabía!». Las instituciones serias funcionan con controles de verdad, documentos firmados y gente que labure antes de que el fuego queme la oficina.
El caso Rivas no es una anécdota simpática para reírse en los grupos de WhatsApp; es la radiografía exacta de un Estado frágil donde cualquiera con un título impreso en Word puede decidir el destino de jueces y fiscales. El propio tribunal lo advirtió: el daño institucional que dejó este gran «carruaje» ya es irreparable.
Y eso es lo que realmente debería darnos pánico.
Un país con ambiciones de serio no puede seguir pendiendo de que un periodista con insomnio descubra una perlita, de que un ciudadano común haga una denuncia por aburrimiento, o de que, años más tarde, un tribunal tenga que admitir lo que todo el mundo ya sabía en voz baja en la esquina.
Los controles tienen que saltar antes. No cuando ya nos robaron hasta la alfombra.
Por favor, que alguien les consiga unos cuantos baberos en cantidad industrial.
Porque chupetes, a juzgar por la cantidad de criaturas haciendo «puchero» y lloriqueando en el poder, ya nos sobra hace rato.

