San Lorenzo no descubrió ayer que llueve fuerte. No descubrimos ayer que los raudales bajan con violencia. No descubrimos ayer que una zona de obras en una ciudad con pendientes pronunciadas es un riesgo. Lo que sí volvimos a descubrir —con dolor— es que la prevención casi siempre llega tarde.
Un niño de 12 años fue arrastrado por el raudal hacia el arroyo Tayazuapé causando su muerte. Y detrás de ese hecho, que por sí solo ya es devastador, se abre una pregunta que no puede ahogarse entre comunicados oficiales: ¿Quién debía garantizar la seguridad en zona de la obra cercana en la que el menor fue arrastrado por el agua?
La obra de drenaje pluvial adjudicada a Constructora Pereira Thelmann S.R.L., bajo administración de la Municipalidad de San Lorenzo, no es un emprendimiento improvisado. Tiene contrato, pliego de bases y condiciones (PBC), especificaciones técnicas y un sistema de fiscalización. Todo eso existe en papel y el propietario o los propietarios de dicha empresa (sean o no amigos o parientes de alguna de las autoridades), están obligados a cumplir a rajatablas las especificaciones técnicas que lo tienen en papel.
Días pasados, el ciudadano Rubén Villalba, publicó en sus redes sociales detalles del PBC donde establece que el contratista asume la responsabilidad por daños derivados de lluvias y por ejecuciones incorrectas. También impone la obligación de señalizar, proteger excavaciones y prever la violencia de los raudales. Y la Municipalidad, a través de su fiscal de obra, tiene el deber de controlar que esas medidas estén efectivamente implementadas.
Aquí no hablamos de una fatalidad imprevisible. Hablamos de una ciudad donde cada tormenta transforma calles en corrientes peligrosas. Si el riesgo es estructural, la prevención debe ser estructural. No simbólica.
Esto debe actuar como un alerta. Un antes y un después. De aquí en adelante no basta con colocar una cinta plástica o un cartel que el primer raudal arrastra. Se debe señalizar correctamente y, sobre todo, ejercer una fiscalización seria, permanente y responsable de todas las obras por parte de la propia Municipalidad.
Control real, en terreno, documentado y exigente ¿Existió en la zona de la tragedia?
No haré mención aquí a lo que muchas personas señalan sobre una eventual responsabilidad de los padres. No corresponde en este momento. Más por respeto al dolor que seguramente atraviesan junto a sus familiares. La justicia, con el tiempo y las investigaciones correspondientes, determinará lo que deba determinar. Hoy el foco está en quienes tenían obligaciones contractuales y deberes de seguridad claramente establecidos.
Mientras tanto, las autoridades municipales y de gobierno (hay obras trabajadas por el gobierno nacional) deben hacer cumplir a cabalidad todos los detalles de los contratos firmados. No solo los aspectos financieros o los plazos de ejecución, sino —muy especialmente— lo relativo a señalización, seguridad perimetral, protección de excavaciones y prevención ante lluvias intensas, tal como figura en los documentos contractuales.
Y atención: esta no es la única obra en ejecución en la ciudad. Hay múltiples frentes abiertos. Basta mirar las inmediaciones de la catedral y del propio edificio municipal, además de diversas obras de empedrado en distintos barrios. En todos esos casos, la “cara” del intendente en materia de señalización y seguridad es el fiscal de obras, SÉA QUIEN SÉA.
Por eso Felipe Salomón debe entender algo elemental en la administración pública: las obras deben estar bien hechas, deben contar con todas las señalizaciones y medidas de seguridad exigidas, y esos cumplimientos son supervisados por el fiscal de obras. Si el fiscal mira hacia otro lado y otorga el “ok” sin que las condiciones estén dadas, la responsabilidad política recae finalmente sobre el intendente como máxima autoridad ejecutiva.
En la administración municipal, la delegación no elimina la responsabilidad jerárquica. Si ocurren otras tragedias, no habrá margen para excusas técnicas ni para escudos burocráticos. El responsable político será quien encabeza la institución.
Pero hay algo más que las autoridades —tanto del Ejecutivo como de la Junta Municipal— deben tener muy en cuenta: si no controlan como corresponde, para eso perciben salarios (y no precisamente modestos), serán los ciudadanos y ciudadanas quienes continúen ejerciendo ese control social, sean pocos o no, ese control se debe seguir haciendo.
Podrán decir que los reclamos están politizados. Podrán intentar desacreditar las críticas. Sin embargo, muchos de los reclamos más firmes que hoy se escuchan no provienen de oportunistas circunstanciales. Provienen de personas que desde hace años vienen señalando errores, exigiendo transparencia y advirtiendo sobre deficiencias en la gestión.
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Unirme ahora¿Y si se candidatan? ¿Cuál es el problema?
¿Acaso solo las actuales autoridades, sus clanes o sus círculos cercanos tienen derecho a aspirar a un cargo electivo en nuestra ciudad? ¿Son ellos los únicos habilitados moral o políticamente para gobernar?
Hace demasiado tiempo que un grupo determinado —oficialistas y opositores alternándose espacios entre ejecutivo y legislativo comunal— viene manejando la ciudad. Y el resultado está a la vista: desorganización creciente, obras cuestionadas y una sensación de improvisación permanente.
La crítica ciudadana no es delito. Es un derecho.
El contrato prevé seguros de responsabilidad civil para cubrir daños a terceros. Esa previsión no es decorativa: existe porque el riesgo es real. Si hubo incumplimiento, corresponde activar los mecanismos de resarcimiento en el ámbito civil. Y si la investigación técnica revela conductas más graves, la justicia deberá avanzar donde corresponda.
La fiscalización no es una formalidad administrativa. Es la línea que separa una obra necesaria de una tragedia evitable.
San Lorenzo necesita infraestructura moderna. Pero necesita, con mayor urgencia, autoridades que controlen de verdad y más ciudadanos que no callen.
Cuando el agua baja, deja barro.
La responsabilidad no puede hacer lo mismo.
Hoy el dolor es de una familia.
Mañana, si no corregimos el rumbo, puede ser de cualquiera.
Por Daniel Vargas



